El símbolo conector
Un vistazo al libro
Desde la más remota antigüedad el ser humano ha sentido la necesidad de reencontrarse con lo divino y para ello se sirvió de los símbolos como canal de conexión. Símbolos que expresan no solo una forma, sino también un contenido, algo oculto que el espectador ha de descifrar. Símbolos que en el arte muestran la esencia del artista, su mundo interno observado con el tercer ojo. Aunque a la postre todos los símbolos convergían en el mismo, al que se accede apoyados en la intuición y experimentación. Símbolo alejado siempre del signo, de la mera representación. Ahora bien, un núcleo considerable de la humanidad llegó a la conclusión de que plasmar a la misma deidad constituía un acto de idolatría, si se veneraba a la imagen por encima de lo que en sí alegorizaba. Si los judíos o los musulmanes lo rechazaron rotundamente, los cristianos herederos de la cultura grecolatina apostaron por ello. Cristianismo que terminaría por fraccionarse en dos bandos: mientras los católicos no encontraron impedimento, los protestantes se opusieron. Así que a lo largo de la historia se ha dado un fuerte ímpetu iconoclasta, de creación y destrucción de la propia imagen.
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